Bertolt Brecht, uno de los más influyentes dramaturgos del siglo XX, advertía que “en los regímenes autoritarios queda velado el contenido económico de la violencia, mientras que en los regímenes formalmente democráticos queda velado el contenido violento de la economía”. Las migraciones humanas son históricas, las razones de estas son diversas y las políticas que las regulan, en general, restrictivas y punitivas. Los desplazamientos que generan migraciones masivas están frecuentemente relacionados con formas de violencia física, política, y estructural, como la pobreza.

Convencionalmente se asume que las migraciones son económicas y voluntarias, cuando en la mayoría de los casos, al menos de los migrantes que se desplazan como fuerza laboral de los países periféricos a los grandes centros de producción, tienen como causa la insostenibilidad económica en sus comunidades de origen. El hecho que una región sea pobre y no cuente con las condiciones necesarias para sustentar las necesidades de su población, se ha considerado simplemente como migración y no como migración forzada. Sin embargo, parece relevante atraer la mirada a la coerción social que existe en el trasfondo de las relaciones sociales. La coerción es un aspecto central en las formas en que actualmente se estructura la sociedad. La estratificación resultante de la misma, genera las posiciones sociales que se imponen como la forma en que se organiza la colectividad, donde algunas personas serán dominantes y otros dominados. Este orden de las cosas se asume como normal, incuestionable e intrínsecamente estable. Incluso las disidencias serán silenciadas de ser necesario.

Estas formas de violencia velada es lo que permite legitimar las políticas migratorias, dejando a las personas desplazadas por la pobreza, quienes no cuentan con un estatus migratorio regularizado, en condiciones altamente vulnerables. Tal es el caso de los migrantes centroamericanos en su tránsito por México, así como de los migrantes mexicanos en el vecino país del norte. El discurso universalista de los derechos humanos, se topa con tierra estéril cuando se trata de los derechos de las personas migrantes, quienes, al encontrarse en condiciones de desplazamiento forzado, difícilmente pueden acceder a reclamar sus derechos. Para los migrantes empobrecidos, la ciudadanía ha sido siempre una categoría excluyente, tanto en su propio el país como en el país de destino, de tal modo que sigue habiendo una brecha profunda entre el discurso de los derechos humanos y el acceso real al ejercicio de los mismos.

En estos tiempos oscuros, es siempre importante recuperar los aportes de Miguel González Martín (2015), cuando abre la reflexión en torno a la hostilidad histórica que han representado las fronteras y las vidas perdidas en ellas y la posibilidad de modificar el enfoque y acercamiento a las migraciones desde una hospitalidad posible. “La hospitalidad, como valor opuesto a la hostilidad (…), bajo la cual integrar las diferentes dimensiones del trabajo a favor de las personas migrantes: desde el mundo de la vida y la cercanía (acompañar), desde el ámbito de lo social (servir, sensibilizar) y desde el ámbito más público (defender).”

La Jornada de Oriente