Los procesos migratorios hacen parte de la historia del mundo y sus causas, en un primer momento, son la búsqueda de mejores condiciones de vida y la garantía de sobrevivencia. Los factores económicos, culturales, religiosos, políticos y naturales, señalados como los más importantes en el fenómeno migratorio, vienen sufriendo algunas modificaciones con el surgimiento de la globalización y del liberalismo.

Entre los siglos XVI hasta el inicio del siglo XX, las migraciones ocurrieron desde Europa hacia la América, Asia y África. Responsable por la colonización del mundo, Europa forzó la migración de millones de personas para sirvieren a sus intereses económicos y de dominación. Especialmente las personas africanas fueron desplazadas con el objetivo de trabajar en régimen de esclavitud en las colonias europeas. Los pueblos originarios también pasaron por el mismo proceso de migración forzada, no sólo por la utilización de su mano de obra, sino como también siendo forzados a escapar de la brutal máquina colonizadora y genocida que necesitaba exterminar los obstáculos a su proceso hegemonizante.

Según datos de la ONU, 244 millones de personas son migrantes, uno 3% de la población mundial y 20 millones son refugiadas. En los primeros 15 años del siglo XXI hubo un incremento de 41% en el número de personas migrantes en el mundo. El flujo de migraciones en los últimos dos siglos es caracterizado por el sentido contrario, o sea, desde los países colonizados hacia los países colonizadores, y también a otros con mejores condiciones de subsistir bajo el modelo liberal.

La globalización y el lema de “Un Mundo Sin Fronteras” trabajan con la idea de una igualdad engañosa. Hay una selectividad cuanto a lo que puede transitar sin fronteras la cual se restringe a los capitales y a las mercancías. El mundo globalizado existe con límites nítidos.

Sin embargo, la globalización no puede ser analizada sólo en su aspecto de libre comercio entre los países. Hay un fuerte impacto social relacionado al ideario de un “Mundo Sin Fronteras” que lleva las personas trabajadoras a pensar en iguales oportunidades, o sea, “oportunidades sin fronteras”. Lo que, en realidad, no ocurre. A los países llamados desarrollados les conviene abrir sus fronteras hasta el punto que les sea rentable. Cuando la presencia de personas migrantes pasa a no significar ventajas, estos países crean mecanismos de salida compulsoria con la modificación de leyes y endurecimiento de legislaciones.

Las políticas restrictivas a las migraciones vienen acompañadas de represión y de una construcción de otredad y criminalización apoyada por los discursos de combate al terrorismo y a las drogas; contienen un fuerte elemento transmisor de la responsabilidad por el incremento de la violencia hacia las personas migrantes y busca marginalizar la presencia de estrangerxs, reproduciendo una lógica de competencia meritocrática típica del modelo neoliberal.

Los Estados, incapaces de solucionar problemas estructurales como el desempleo y la desigualdad, transfieren a la presencia de las personas migrantes la responsabilidad por el caos social y les confiere un no-lugar dentro de la sociedad. El hostigamiento hacia las personas migrantes es validado por un sentimiento nacionalista y proteccionista que las convierte en enemigas, creando un sentimiento xenófobo combinado a elementos legitimadores del sistema vigente.

En todo este proceso, nuevamente, las más perjudicadas son las personas migrantes que vienen de los países colonizados, además de los países que son sistemáticamente utilizados para sostener el mercado millonario de armas alrededor del mundo con la excusa de promoción de la “paz mundial”. Frente al avance reaccionario y neocolonizador de las grandes potencias mundiales, desde Virginia Bolten preguntamos: ¿es posible un mundo sin fronteras bajo un sistema que comprende las personas como números?

Virginia Bolten