Lorena Jarquín, maestra de profesión, partió un 30 de octubre de 1996, hacia los Estados Unidos en busca del “sueño americano”. Lo hizo para mejorar la vida de sus hijos Billy y Glenda McCoy Jarquín, en ese entonces de 18 y 16 años, a los que criaba sola. Nunca llegó a su destino.

Dos décadas después su hija Glenda Nataly McCoy Jarquín tiene presente como si fue ayer la imagen de su madre vestida de rojo, el pelo rubio teñido, elegante. Cargaba una maleta y tenía el firme propósito de llegar a Estados Unidos.

Con la ayuda de un traficante de personas indocumentadas Jarquín partió hacia el norte. McCoy recuerda que como el “coyote” ya había prestado servicios a alguien de su familia, su madre viajó confiada junto con otra persona que iba a prestar servicio doméstico en los Estados Unidos.

“El 8 de noviembre se volcó la lancha en la que iban 25 inmigrantes de los cuales solo sobrevivieron seis... ella no tuvo la suerte de los demás”, recuerda con tristeza Glenda Nataly McCoy Jarquín, quien junto a su hermano Billy quedó a cargo de sus abuelos.

obstáculos y los riesgos que deben superar los migrantes indocumentados que buscan alcanzar los Estados Unidos aumentaron en cantidad y peligrosidad en los últimos años.
Lea Montes, directora del Servicio Jesuita para Migrantes señala: “… observamos que en esta parte centroamericana de la movilidad humana que las personas están buscando rutas más difíciles, están buscando rutas que pueden encontrar la muerte (…) miramos que el nivel de peligrosidad en que la gente está viajando se ha vuelto mucho más peligroso”.

Para Montes los niveles de inseguridad y peligrosidad que están enfrentando los migrantes deberían motivar a una reflexión en países como México y Estados Unidos, debido a que las cifras de migrantes no están disminuyendo. “(…) puede haber un número realmente mayor en términos de gente que se va a movilizar y va a perder contacto con su familia por los niveles de peligrosidad por las otras rutas que la gente está identificando para viajar a los Estados Unidos”.

Solo en el 2016, según datos de la Organización Mundial para las Migraciones (OIM), 578 centroamericanos murieron o desaparecieron en la ruta hacia Estados Unidos.

“Nunca apareció su cuerpo”

“Nosotros nos dimos cuenta una semana después que ella había fallecido, porque la muchacha que iba con ella llamó a una tía y le dijo que Lorena se había ahogado, que ella pudo sobrevivir, porque sabía nadar, mientras que mi mamá nunca aprendió a nadar, le daba miedo”, narra McCoy mientras sus ojos se humedecen al recordar el momento.

El duelo de la familia McCoy Jarquín es eterno. “Nunca apareció su cuerpo (…). No pudimos ir al lugar y no pudimos darle cristiana sepultura”, lamenta Glenda, quien ha añorado la presencia de su madre en momentos claves de su vida, en los últimos 21 años.

Los impactos psicosociales que causa la migración, tanto en el que viaja como en la familia que deja atrás, son analizados por la psicóloga social Jessenia Pérez López, para quien es importante el acompañamiento de los miembros de familias que se ven desestructuradas por efecto de la migración. “(…) cuando estos duelos no son bien tratados por decirlo así genera diferentes afectaciones”, explica.

“Cuando un niño o una niña sabe que su papá migró y sabe dónde está es distinto al duelo que tiene cuando un papá o una mamá desapareció en el camino por ejemplo, porque el duelo se hace más difícil de elaborar y no sabes si está vivo o está muerto”.

“Aquí decimos en el SJM (Servicio Jesuita para Migrantes) que la migración duele al que se va y duele al que se queda y no podemos ver la migración como una enfermedad claro, porque también la migración trae beneficios sino veamos todo lo que hay afuera a nivel económico, a nivel de infraestructura, a nivel de compartir culturas”, expone Pérez López

Causas económicas

La directora del Servicio Jesuita para Migrantes, Lea Montes, explica que la migración en el país y en la región centroamericana está motivada por razones económicas. “La gente ¿por qué se moviliza? Se moviliza donde hay dinamismo económico, si en su país realmente hay niveles de inseguridad ciudadana altos la gente va a movilizarse más, entonces no va a terminar el problema de los flujos migratorios. Entonces lo que hay que ver es cómo hacemos flujos migratorios más ordenados hacia los países donde están económicamente mejor como Estados Unidos, que la gente lo ve como una alternativa”.

El padre de Josseling Rodríguez se marchó a Costa Rica en busca de trabajo, cuando ella tenía 4 años. Quedó en manos de su madre, quien también tenía un empleo precario en el país. “Él se fue, no me dolió, no me dio nada”.

Pero cuando el turno de partir en busca de mejores ingresos, le llegó a su madre, cinco años más tarde, las cosas fueron distintas. Recuerda el momento en que su madre la recibió, luego del colegio, con un obsequio en una diminuta caja “y me dice hija te dejo este regalito para que me recordés, no es que no voy a volver, pero voy a tener que viajar, yo me voy a ir (…).Voy a ir a trabajar para que vos siempre tengas tus estudios, tengas buena ropa, te prepares. Y eso a mí me partió el alma”.

La sensación de soledad que vivió Josseling Rodríguez fue caldo de cultivo para el rencor contra sus padres, pues además de quedar en poder de sus abuelos paternos, debió más tarde hacerse cargo de la responsabilidad de cuidar de su hermana.

“Yo deseaba que mi mamá estuviera conmigo, que mi papá estuviera conmigo y era difícil, difícil”, recuerda Rodríguez, de 22 años, quien asegura que ya logró superar el resentimiento que generó en ella haber estado sin su madre por diez años y sin su padre desde los cuatro años.

La psicóloga Jessenia Pérez López explica que el impacto psicológico de la migración se manifiesta de manera distinta en niños y en adolescentes. “No es lo mismo que un papá migre cuando un niño tiene seis meses o un año a que migre cuando tiene ocho o diez años, cuando ya tuvo de alguna manera un contacto distinto, afectivo y no hay ese desarraigo tan fuerte y traumático que no siempre se ve pero sí se siente”.

País con duelos pendientes

Jessenia Pérez López, psicóloga social del Servicio Jesuita para Migrantes, señala que en Nicaragua hay muchos temas pendientes  de abordar por los impactos psicológicos que han causado a la sociedad, como es el caso de la guerra, el abuso sexual y la migración.

 LAPRENSA/NOHELIA GONZÁLEZ