Civilizaciones enteras han cruzado mares, desiertos y selvas con el fin de encontrar un mejor porvenir. Los relatos históricos, literarios y religiosos han dado buena cuenta de ello. Colón, Ulises y Moisés enfrentaron viajes largos, terribles, llenos de muerte, sufrimiento y peligros que, finalmente, dieron resultados no siempre beneficiosos. La emigración es, pues, una situación poco cómoda, muchas veces involuntaria, que entraña múltiples peligros para quienes se embarcan en busca de nuevos horizontes. Los nativos, testigos directos de la llegada de los extranjeros, tienen múltiples reacciones ante ello. Los rechazan o los acogen. Sufren invasiones, son desplazados, ocurren procesos de mestizaje.

No resulta extraño, entonces, que las migraciones actuales sean también problemáticas tanto para los que llegan como para las comunidades que han habitado durante algún tiempo el territorio. Observar el panorama de medio oriente sería excesivo, pero nadie ignora que sirios y judíos han estado en constante pugna por razones territoriales. Pese a ello la tierra no es siempre lo más importante. La situación de los emigrantes venezolanos que llegan a Colombia buscando estabilidad es buena muestra de que el trabajo, las costumbres distintas y el choque cultural que pueden sufrir quienes se adentran en un país ajeno, son factores que influyen de gran manera en la adaptación, aceptación o rechazo por parte la comunidad nativa.

Hablar de los venezolanos y los colombianos como generalidades implicaría adentrarse en discusiones sobre identidad que no son fáciles de abordar. Por ello no se podría hablar de la “hospitalidad colombiana” o de “venezolanos delincuentes” dos enunciados que suelen escucharse a la hora de abordar esta temática. La hibridación cultural (concepto de García Canclini) propia de las ciudades fronterizas es también una dificultad amplia para discutir sobre esta cuestión. Aspectos evidentemente extensos como para ser abordados aquí. En ese sentido será necesario delimitar los campos a analizar.

Resáltese que, según cifras de Migración Colombia, para septiembre del presente año, el ingreso de extranjeros de nacionalidad venezolana es igual al total de estadounidenses, mexicanos y brasileros que entraron al país (79.000). De la misma manera debe resaltarse que, desde 2012, el ingreso de venezolanos ha ocupado el segundo lugar de en las listas del Migración Colombia, sin embargo ha de resaltarse que el número de migrantes venezolanos ha venido en constante aumento, superando, este año, todas las estadísticas precedentes. Lo anterior puede interpretarse, de entrada, de dos formas: en primer lugar debe aceptarse que los venezolanos siempre han ingresado de manera masiva al país. En segunda instancia es notorio que, por algún motivo, el ingreso de venezolanos en el 2017 ha aumentado significativamente. No hemos de ignorar que las cifras que aquí planteamos son oficiales. Extraoficialmente no existe un censo que contabilice a la población venezolana en el país.

La situación política y económica de Venezuela es, según el discurso oficial que todos los días circula en los medios de comunicación, la principal causa de la migración de venezolanos hacia Colombia. Basta con ver algunos titulares de los medios más reconocidos para darse una idea del constante bombardeo mediático que ha suscitado la situación: “El impacto del éxodo de venezolanos” titula la Revista Semana; “Los efectos de la crisis venezolana en Colombia”, anuncia El Espectador; “Preocupación en Colombia por llegada de venezolanos”, indica Portafolio; “Alerta por inminente éxodo masivo de venezolanos a Colombia”, resalta el noticiero RCN.

Con lo anterior no insinúo que todo se deba al cubrimiento excesivo que, muchas veces, los medios le han dado a la situación política y económica de Venezuela, ni trato de resaltar la clara inclinación crítica de los medios tradicionales hacia el gobierno del país vecino, aún cuando los escándalos de corrupción en Colombia bastarían para llenar las páginas de los periódicos y los titulares de los noticieros. Sin embargo, sí resulta necesario admitir que los venezolanos, en tanto continúen los bloqueos económicos y la especulación en elementos básicos para la supervivencia, seguirán cruzando las fronteras. Debe rechazarse, en consecuencia, la exacerbación nacionalista, el dolor patrio y la xenofobia como respuesta al asunto: los discursos de odio y asco que se pueden fomentar a su alrededor resultan alarmantemente peligrosos.

Si bien los altos índices de desempleo, la miseria y la desnutrición son peligros a los que se pueden enfrentar quienes decidan llegar a este, un país que, como Venezuela, tiene enfrentadas a dos posiciones políticas (de izquierda y de derecha) que parecen irreconciliables y que, además, están infiltradas por mafias corruptas que desangran el erario público, es el propio Estado quien debe tomar cartas en el asunto mediante el fortalecimiento y supervisión del cumplimiento de los mínimos básicos que las empresas privadas están obligadas a seguir para emplear a quienes lo requieren.

La ciudadanía, por su parte, puede tomar dos posiciones: repite la tendencia a rechazar todo aquello que le sea extraño o hace lo posible por acoger de la mejor manera a los extranjeros que, por una u otra circunstancia, calaron en un país que, piensan ellos les dará mejores opciones que las que le ofrecía su terruño. Los venezolanos, por su parte, deben ser conscientes de tres situaciones: se encontrarán con un medio, si bien no radicalmente distinto al suyo, sí con grandes diferencias en lo referente al apoyo estatal mediante subsidios que ofrece el gobierno de Venezuela: como Colón se encontrarán con un territorio potencialmente favorable, pero que también ofrece ciertos peligros. En segunda instancia deben estar atentos a los avivatos que quieran engañarlos con malas condiciones laborales: como Ulises podrán hallar muchas sirenas en su camino. Finalmente, deberán ir en contra del relato bíblico del éxodo: no podrán creer que Colombia es una tierra prometida, de leche y miel.

Las 2 Orillas