En medio de las dificultades del posconflicto, los problemas para la implementación del Acuerdo de Paz y la crisis de legitimidad de los poderes públicos, parecería imposible que el Estado colombiano y sus ciudadanos pudieran hacer frente a la migración venezolana.

En menos de tres años los colombianos pasamos de ser un país de regiones, que se autoaislaba de las naciones vecinas, a vivir uno de los fenómenos migratorios más importantes del mundo y el más grande de Suramérica y el Caribe. Fenómeno que sería un reto para los Estados más desarrollados, pero que llega a nosotros en medio de las dificultades y complejidades del “fin de la guerra” en Colombia.

Pero al igual que la paz abre nuevos espacios para el desarrollo, en medio de todos los problemas, La migración venezolana es una gran oportunidad para aprender. Ningún proceso migratorio deja intacta a la sociedad receptora, por el contrario, las experiencias en nuestro continente nos demuestran cómo muchos de los procesos de desarrollo se vieron altamente influenciados por la migración de sectores populares europeos en la segunda mitad del Siglo XX. Sociedades como la argentina, brasileña, mexicana o la misma venezolana deben mucho a los migrantes.

Sin lugar a dudas el fenómeno que estamos viviendo genera fuertes tensiones por las características de la última oleada migratoria, compuesta en un número importante por ciudadanos venezolanos que cruzan la frontera en condiciones de ayuda humanitaria. Lo cual nos confronta con las propias carencias del Estado colombiano y las demandas sociales de nuestros ciudadanos. Una primera lectura del fenómeno nos cuestionaría si estamos preparados para hacerles frente a los retos de la migración. La respuesta es no.

Pero ningún país en el mundo lo estaría, ni Estados Unidos o Alemania, ni siquiera Italia, que enfrenta desde hace décadas la migración del norte de África. El tamaño, la condición de la migración y la negativa instrumental del gobierno venezolano a reconocer y dimensionar el fenómeno, lo hacen un reto sobrecogedor.

Las dificultades y los problemas no han tardado en presentarse. Muchos se cuestionan por la sostenibilidad de nuestros sistemas de salud y educación ante el aumento de los requerimientos por la llegada de los venezolanos. Otros se cuestionan las afecciones en seguridad y acceso al empleo, y los más radicales asumen posturas proclives a la deportación y el cierre de frontera.

Es normal sentir miedo, y más en el actual momento, sentimos que no se ha logrado materializar la paz y que está en vilo el proceso con las Farc. Si bien la migración significará unos retos grandes en los primeros años, también puede ser la solución para muchos de los problemas que enfrentamos hoy. Los colombianos vivimos la migración de un pueblo hermano, con vínculos históricos y familiares que facilitan la integración, nuestras diferencias son más regionales que nacionales, entre un caraqueño y un bogotano existen las mismas diferencias que con un barranquillero, lo cual contrasta con los procesos que vive Estados Unidos o los países europeos.

La llegada de los venezolanos es una oportunidad para aprender mutuamente. La sociedad venezolana tiene amplia experiencia en la integración de comunidades foráneas, en la apropiación cultural y en crear espacios de convivencia. Nosotros, por nuestra parte, tenemos mucha experiencia en procesos de emigración, sostenimiento de vínculos familiares y en organización de las redes de apoyo. Tenemos mucho por aprender y cambiar para mejorar, y la oportunidad de convertirnos en un modelo exitoso de migración.

El Espectador