En los últimos dos años, 44 haitianos han pasado por el Servicio Médico Legal de Santiago. Son los muertos pobres de una de las migraciones más masivas y explosivas del último tiempo en Latinoamérica. De ellos, ocho cuerpos esperaron por meses para ser sepultados, por la burocracia y la falta de dinero. Historias dolorosas, cruzadas por el drama de fallecer a más de seis mil kilómetros de distancia: un joven es enterrado sin que su familia pueda despedirse, un hombre se muere a los cinco días de haber llegado a Chile y se pasa un año en la morgue, una mujer migra obligada con cinco meses de embarazo y pierde a su hijo en un consultorio. La migración haitiana contada desde los que nunca regresaran: “Llegar a Chile en una situación vulnerable aumenta tus posibilidades de morir”, dice Jean Jacques Pierre-Paul, médico y poeta haitiano.

Es primera vez que Israel Dieurilus camina por el Cementerio General de Santiago. Tiene 41 años, es haitiano, y llegó a Chile en diciembre de 2014. Atrás suyo va su pareja Saintene, y más allá Francis, el medio hermano del muerto que van a sepultar: Robelca Dieurilus, el hijo de Israel. Los tres se quedan mirando un funeral que se ha estacionado al lado. De una carroza bajan al muerto y de la otra, decena de arreglos y coronas de caridad. Son más de 30 los deudos que vienen a despedir al fallecido, y al de Robelca sólo han asistido cinco: la familia y dos abogados de la Fundación Fre, quienes les han ayudado con los costos del sepelio.

-¿Dónde comprar flores? –pregunta el padre en un español atarzanado.

Israel y Francis salen a la entrada del cementerio y regresan con un ramo surtido de clavelinas japonesas e ilusiones. Mientras compraban, la carroza que traía a Robelca los ha adelantado hasta perderse entre los mausoleos. No habrá caminata detrás de la urna. Desde la entrada hasta el patio 164, un paño con 748 sepulturas temporales donde será enterrado el cuerpo, hay casi un kilómetro de distancia. Los deudos caminan por una zigzagueante senda de tumbas. Suenan las suelas de sus zapatos golpeando en el cemento y un par de pájaros piando. Luego, todo queda en silencio. La voz parca de un sepulturero rompe el hielo.

-Ahí quedó todo listo, señor -dice mientras apoya su cuerpo en una pala.

El hombre está parado a un costado de un montículo, donde acaba de enterrar a Robelca. La escena es extraña. Parece una macabra tomadura de pelo. La familia acaba de llegar a la tumba y el cuerpo del joven haitiano está un metro bajo tierra.

-Anote el número de la tumba: el 256- agrega el panteonero.

Israel no entiende qué sucede. El jefe del patio se acerca para aclararle todo: “el chofer de la carroza dijo que no venía nadie y lo enterramos. Cuando llega un funeral nos cumple la obligación de sepultar. Esto nos ha pasado otras veces”, le explica. El hombre apunta a una tumba donde unas semanas atrás enterraron a una joven haitiana y luego llegó su familia. “En este minuto, la única forma de abrir esa sepultura, es con una autorización de la dirección. Sin eso, sería una exhumación ilegal”, agrega.

Uno de los abogados de la fundación llama a la dirección y consigue un acuerdo. No sacarán la urna, pero descubrirán la tapa del ataúd. “Es lo más humano que podemos hacer”, le explican por teléfono. Israel asiente: “mitad nada más”, dice. La escena es aún más absurda que la anterior: el mismo hombre que minutos antes lo sepultó, ahora lo desentierra.

La muerte de Robelca ha sido un largo sufrimiento para su familia. El joven llegó a Chile en enero de 2016 y tenía 21 años cuando se enfermó de gravedad. El 5 de julio pasado llegó al Hospital Barros Luco a consultar por una fiebre alta, y luego de esperar cuatro horas sin recibir atención, desistió. Tres días más tarde falleció de una sepsis (infección bacteriana), según dice su certificado de defunción.

El deceso abrió otra tragedia: la espera. Robelca tuvo que aguardar 80 días en el Servicio Médico Legal (SML) antes de que lo pudieran reclamar. Por un error tipográfico en el apellido del pasaporte –dice Dierilus en vez de Dieurilus-, Israel no pudo demostrar su paternidad. En ese momento, tampoco tenía dinero para el sepelio. La tumba que había cotizado constaba $2,5 millones y él apenas tenía $60 mil en la casa. Debió esperar la llegada de un certificado de nacimiento desde Haití y la ayuda de una fundación, para por fin darle sepultura. Los tres meses en la cámara de frío desfiguraron el rostro de su hijo: “Recuerden que estuvo en el SML mucho tiempo. Su cara no es la misma de antes”, advierte el jefe del patio antes de descubrirlo. Luego, todos lloran.

El vidrio del ataúd tiene restos de tierra y debajo de él, el cuerpo del joven haitiano tapado con una chaqueta. Un traje mortuorio en el que intentaron enfundarlo sin éxito. Israel y Francis toman fotografías y graban videos del ataúd. No es una ofensa retratar a los muertos así. No al menos, cuando aquellas imágenes serán los únicos recuerdos que los familiares que viven en Haití tendrán del fallecido. La tristeza de un duelo a la distancia compartida a través de Whatsapp, una solución millenial a la soledad que significa morir lejos de casa: “Es para que su madre sepa que ya está enterrado”, explica el padre.

Minutos más tarde, vuelven a tapar el ataúd. Otro funeral se realiza a metros de allí. Saintene se arrima al grupo que lo despide. Se acerca para mirar el rostro del fallecido. Observa el ritual fúnebre que Robelca no tuvo. Luego regresa a su tumba para una última despedida en silencio. Israel memoriza el número de la sepultura. Ambos se retiran esquivando tumbas.

TUMBAS HAITIANAS

La cruz de Robelca tiene pintado su nombre y la fecha del funeral: 27 de septiembre de 2017. El encargado no sabía el día de su nacimiento, una característica común en todas las sepulturas de haitianos que están en el patio 164, el metro cuadrado más barato del cementerio. Enterrarse allí cuesta $220 mil, pero con un informe de la municipalidad, que demuestre que el difunto no tenía recursos, el precio baja a la mitad. La cifra, sin embargo, no asegura un descanso eterno, sino que sólo por cinco años.

Los muertos más antiguos de este terreno datan del 2015. La gran mayoría de las sepulturas parecen fiestas de cumpleaños. Son coloridas y hasta temáticas. Hay banderas chilenas, de la U, de Colo Colo, flores de plástico, remolinos, corazones, peluches, juguetes, y algunas tienen pancartas con los rostros de los fallecidos, como si fueran candidatos de una campaña política. No pasa lo mismo con los NN y los haitianos, cuyos sepulcros tienen una estética desoladora. La tierra allí parece desértica, agrietada por el calor y el olvido. Los “Calatitos”, les dicen los sepultureros a esos muertos, haciendo alusión a la desnudez con la que parten: “los haitianos fallecen jovencitos, porque en su país no les ponen todas las vacunas cuando chicos”, dice uno que ha enterrado a varios.

Basta darse una vuelta por alrededor para encontrar cruces con nombres afrancesados: Antoinise Antoine, Pierre Guillaume, Jean Claude Verité, Sergot Verdien, Noel Ronald, Nochel Leger, Frizt Joseph, Robelca Dieurilus. Además de ser compatriotas, todos ellos compartieron un pasado común. Antes de ser enterrados, sus cuerpos pasaron varios meses en el SML sin ser reclamados, algunos incluso más de un año.

La situación fue visibilizada luego de la muerte de Benito Lalane, un migrante en situación de calle, que en junio de este año falleció de hipotermia, y que no pudo ser sepultado hasta que su familia en Haití envió una autorización. La ley faculta solo al jefe de la misión diplomática y a los parientes directos para realizar este trámite, pero en el caso de los que aguardaban en la morgue, algunos familiares ni siquiera sabían de su muerte.

Un par de meses antes del deceso de Lalane, la Fundación Fre, dedicada a prestar asistencia legal y social a los migrantes, fue la primera en gestionar el funeral de un ciudadano haitiano cuyos parientes no estaban en el país. Esaü Francois llevaba varios días agonizando en la Clínica Las Condes, donde había llegado por ley de urgencia, cuando una ejecutiva del centro de salud se comunicó con los voluntarios. Les dijo que el hombre estaba solo y que les preocupaba que nadie lo fuera a reclamar cuando muriera. Pero el asunto no era tan simple. Contactaron a la familia en Puerto Príncipe y luego tramitaron la cremación, la única opción viable si luego se querían repatriar los restos: “Con el cuerpo en mano, empezamos una disputa donde intervino la cancillería, para convencer al cónsul. Él decía que la ley haitiana solo permitía la sepultación”, explica José María del Pino, director de Fre.

Del Pino fue el encargado de la ceremonia. Se consiguió un servicio fúnebre con el Hogar de Cristo y la incineración con el Cementerio General. Un cura y un pastor lo despidieron en la parroquia San Saturnino, en el Barrio Yungay. La misa fue transmitida por streaming a los parientes en Haití y las cenizas guardadas en la iglesia.

El know how obtenido sirvió para iniciar la recuperación de otros dos cadáveres que estaban en el SML: el de Sergot Verdien, enterrado el 13 de agosto, y el de Maudeline Agustín, muerta en un accidente de tránsito y sepultada ese mismo mes. De los otros cuerpos se encargaría el consulado.

CINCO DÍAS

Pierre Guillaume llegó a Chile el 11 de agosto de 2016. Tenía 58 años, cuatro hijos, y era oriundo de Gressier, una comuna de Puerto Príncipe muy cercana al epicentro del terremoto del 12 de enero de 2010. Su única red en el país era un compatriota llamado Guygnior Adrien, un cantante de raeggetón de 25 años, proveniente de Wanament, que lo había ayudado a gestionar su pasaje con una agencia de viajes en Santiago.

Ninguno se conocía. El contacto entre ambos lo había hecho Blondine Salomón, la cuñada de Pierre, a quien Guygnior ubicaba desde Haití. En marzo del año pasado, le había escrito a su perfil de Facebook para saber si era verdad eso de que Chile era tierra de oportunidades: “¿Es fácil encontrar trabajo?”, le preguntó aquella vez. Guygnior respondió que sí. Le dijo que él mismo atendía una bomba de bencina desde que había llegado hace ya tres años. Blondine le explicó que su cuñado quería ir a probar suerte y ambos coordinaron su arribo.

Pierre viajó el 1 de agosto a República Dominicana y 10 días después llegó a Santiago. Venía enfermo. Estaba sentado en la cuneta, junto a un bolso, encorvado por un malestar generalizado, cuando Guygnior se lo encontró al salir de su casa. Lo vio tan desvalido que le ofreció su pieza: “Éramos de la misma nación, tenía que ayudarlo”, recuerda. Al día siguiente, se ofreció para llevarlo al médico. “Él tenía como 100 dólares. Estaba mal. Venía así desde Haití y acá se agravó por el frío”, agrega.

Los médicos diagnosticaron una bronquitis. Le recetaron antibióticos, pero con los días su estado empeoró. Pierre le pidió entonces a Guygnior que lo ayudara a regresar, que fuera a la oficina de la línea aérea y adelantara el pasaje. El joven intentó convencer a los ejecutivos, pero no accedieron. La tarifa del boleto no permitía cambios, por lo que debía aguardar las tres semanas que restaban. Una lenta agonía que no soportó. Pierre falleció a los cinco días de haber llegado a Chile.

Guygnior encontró el cuerpo tirado en la pieza al regresar de su trabajo. Literalmente se tropezó con él. Llamó a la policía e intentó explicarles por qué un desconocido había muerto a los pies de su cama. Los médicos concluyeron que la causa había sido un infarto al miocardio y una cardiopatía isquémica crónica. Al día siguiente, le dio la mala noticia a los familiares. ¿Cómo se le explica a una persona que un ser querido ha muerto a seis mil kilómetros de distancia? Guygnior lo hizo de la misma forma como había comenzado todo, por Facebook: “Pierre murió anoche, de un infarto”, le escribió a Blondine.

Guygnior se ofreció para realizar los trámites del funeral, pensó que la burocracia en la morgue era igual que en Haití: “Allá tú puedes retirar el cuerpo en la mañana y en la tarde ya está sepultado”, cuenta. En el SML, sin embargo, no quisieron entregarle los restos. Le explicaron que necesitaba una autorización notarial de la familia. El papel se demoró 20 días en llegar y costó US$ 400. Allí, Monique Salomon, esposa de Pierre, consentía su cremación, procedimiento que finalmente entrampó su funeral. “El problema era que costaba mucho, un millón y medio de pesos, y no tenía ese dinero para hacerlo”, explica Guygnior.

Fue entonces que un amigo haitiano, que se había comprado una sepultura en el cementerio Parque Manantial, se ofreció para inhumar allí al fallecido. Pero nuevamente les negaron el permiso: “Como el papel decía cremar y no enterrar, no me dejaron”, agrega. Al final, desistió. Guardó las pertenencias del difunto en una bolsa y se buscó otra pieza.

El cuerpo del haitiano quedó congelado en una bóveda. Cumplió un año allí, antes que alguien llegara a preguntar nuevamente por él. Era un diplomático. Pierre fue enterrado el 19 de agosto de 2017. La embajada corrió con los gastos funerarios. Nadie lo acompañó en su despedida. Guygnior ni siquiera se enteró.

Lo mismo ocurrió con Salomón Cherestal, Noel Ronald, y Frizt Joseph, muerto el 22 de febrero de 2016 por un accidente cerebro vascular. Todos ellos fueron retirados por el cuerpo diplomático y enterrados el 1 de septiembre. Un funeral triple y sin deudos. Uno de los más solitarios del último tiempo, según recuerdan en el Cementerio General. Hasta ahora, nadie ha vuelto a visitar esas tumbas.

MORIR DE MISERIA

“Alguien les hizo creer a los haitianos que Chile era el paraíso de Sudamérica”, dice Jean Jacques Pierre-Paul, mientras sorbetea un café. “Es triste, un inmigrante siempre llega a buscar una vida mejor, pero me he encontrado con compatriotas a los que les han robado saliendo del aeropuerto, y han tenido que dormir una semana en la calle”, agrega.

Jean Jacques es médico y poeta. Trabaja en la Mutual de Seguridad, es autor de siete libros, tiene 38 años y llegó a Chile hace nueve, luego de estudiar en Puerto Príncipe y Cuba. Arribó a Santiago cuando esta ciudad aún era un destino exótico para los haitianos: “Hace cinco años sabíamos muy poco de este país”, explica.

Los números le dan la razón. Según las estadísticas que lleva la Policía de Investigaciones (PDI), en el año 2013 apenas llegaron dos mil haitianos, cifra que al año siguiente se duplicó. La explosión ocurrió en el año 2016, cuando entraron 47 mil personas, la primera gran oleada migratoria. La segunda ocurrió este año y sigue sucediendo. De enero a septiembre ya van 69 mil, lo que da un total de 136 mil ingresos en los últimos cinco años.

Jean Jacques identifica tres grupos de migrantes: los profesionales, los jóvenes que vienen a estudiar y trabajar, y los adultos que arriban sin educación. Aunque todos la tienen difícil y muchos de ellos están frustrados –explica-, este último grupo es el más indefenso: “les cuesta mucho encontrar trabajo. Viven en condiciones precarias. Les roban. Les arriendan casas o departamentos y después les cambian la chapa. Los engañan con contratos falsos. Conozco muchos que quieren devolverse”, asegura.

Pero regresar no es fácil. En los últimos cinco años, solo 5 mil haitianos se han ido de Chile. Múltiples factores inciden en la baja tasa de retorno, entre ellos la imposibilidad de ahorrar para un pasaje y las pocas opciones que tienen de empezar una vida nueva en Haití, donde algunos vendieron todo y hasta se endeudaron para viajar: “la gran mayoría ve su vida como un fracaso”, se lamenta el médico.

Otros, con menos suerte, se han muerto en el intento. Según cifras del SML, 44 haitianos han pasado por ese servicio en los últimos dos años en la Región Metropolitana, el principal centro urbano donde se concentra la población:

-¿De qué se mueren?

“No todos llegan bien de salud, ni con la misma red social. Imagínate, tienes 50 años, eres hipertenso, padeces diabetes, estás solo, sin dinero, y al fin del mundo. Eso puede gatillar un agravamiento. Llegar a Chile en una situación vulnerable aumenta tus posibilidades de morir”, dice el médico.

Así le pasó –asegura- a Joane Florvil, su compatriota que falleció a fines de septiembre luego de pasarse casi un mes en la Posta Central. La joven haitiana había sido detenida por carabineros en la tarde del 30 de agosto, acusada de haber querido abandonar a su hija en la oficina de la OPD de la Municipalidad de lo Prado, y estando en la comisaría, en una situación confusa, habría terminado con golpes en la cabeza. El caso aún está en investigación.

Jean Jacques ve en esa muerte una sucesión de golpes de los cuales la mujer no se pudo recuperar. Él le escribió un poema para honrar su memoria. Allí acusó racismo:

No alcanzaste a entender el sueño chileno
Te matamos todos Joane Florvil
Por el color de tus ojos
Porque tu acento no es inglés, francés, ni berlinés
Ahora no sabemos qué decir a tu hija.

El médico cuenta que en su país se tiene una visión idealizada de Chile, como si fuera una tierra de oportunidades, cuando en muchos casos no lo es. “A lo mejor el Estado ve en esta migración una mano de obra, pero la facilidad de llegar no está acompañada de la facilidad de integrar”, asegura.

Aquello sucede, en parte, porque el decreto ley que regula la migración data de 1975, con un enfoque de control policial que veía al extranjero como una amenaza. En ese marco legal, el Estado ha ido reaccionando ante la masiva llegada de haitianos, dominicanos y venezolanos. “La migración ha tenido una evolución importante, hace pocos años no se hablaba de este tema. Como ha sido muy numerosa eso ha mostrado nuestras debilidades. Ahora, yo creo que Chile ha ido respondiendo a las necesidades, aún con esta ley antigua en la que debería haberse avanzado con anterioridad”, dice Gabriela Cabellos, jefa del Departamento de Extranjería y Migración.

Hasta ahora, el decreto ley que regulaba esta materia había sido complementado a través de dos instructivos presidenciales, dictados por Michelle Bachelet en sus dos gobiernos. El proyecto de ley que fue presentado al parlamento en agosto pasado recoge esas adecuaciones y otras más. Según explica la jefa de extranjería, la iniciativa tiene cuatro ejes centrales: establecer y reforzar un catálogo de derechos y deberes, la modernización de las categorías migratorias y de visado, resguardar el debido proceso en temas de sanciones y expulsiones, y la creación de una política de migración nacional. “Hoy hay consenso de que este tema no es solo el trámite de ingreso a un país, sino que impacta directamente en otras materias como salud, educación, trabajo, justicia, y vivienda, entre otras”.

-Hay candidatos a la presidencia que prácticamente pretenden cerrar las fronteras y seleccionar a los migrantes como si fueran manzanas en una línea de producción. ¿Es viable eso?
Es muy complicado entender la migración como algo que el Estado puede modelar a su manera. Es decir, que por una norma específica voy a permitir la entrada de unos y no de otros. Eso no es así. La migración responde a necesidades humanas. En el caso Haití fueron dos desastres naturales, tú no puedes detenerla. La puedes controlar y que sea informada, pero que esto sea selectivo no es posible. La gente migra igual y eso provoca clandestinidad. Un Estado no puede enceguecerse creyendo que puede escoger a quienes entran. (Ver entrevista completa).

Jean Jacques cree lo mismo. Es el Estado –dice- el que debe poner sus normas respetando a los extranjeros: “migrar es un derecho”, asegura.

Pero a veces, también es una obligación.

SALA DE ESPERA

Lucienne Joaneus tenía cinco meses de embarazo cuando Makenson, su expareja y futuro padre de la criatura, le dijo que arreglara una maleta: “te vas para Chile”, le ordenó. Ambos vivían en casas separadas en República Dominicana y tenían un hijo que estaba por cumplir dos años. “Quería que me fuera porque él tenía otra esposa, para que no estuviera cerca de ella. Me vine obligada”, explica.

A los 12 años, Lucienne realizó su primera migración. Se fue de Haití a República Dominicana, luego de sufrir un reiterado maltrato por parte de su padre. Llegó a vivir con una señora amiga y se ofreció a cuidarle la hija a cambio de comida y alojamiento. Abandonó el colegio cuando tenía 16 años y a los 23 se emparejó con Makenson. “Le pregunté si tenía hijos o novia y dijo que no. Entonces, nos fuimos a vivir juntos como tres años. Pero cuando quedé embarazada por primera vez, él me contó que tenía otra pareja en Haití y se iba a casar”, agrega.

Makenson contrajo matrimonio y le arrendó una pieza a Lucienne. Cuando nació el niño, puso un almacén para que ella lo atendiera. Durante casi dos años mantuvo dos relaciones, hasta que a fines julio de 2016 le dijo a Lucienne que tenía que irse. La joven no supo cómo negarse y el día del viaje Makenson le quitó a su hijo. Tomó el avión rumbo a Santiago en agosto del año pasado. La segunda migración de su vida.

Lo único que sabía de Chile era que hacía mucho frío. Una amiga se lo había advertido antes de partir: “en ese país tienes que usar calcetines”, le dijo. Ella se compró dos pares y se puso ambos apenas salió del aeropuerto. Un amigo de Makenson la fue a buscar. “Cuando yo llegué acá todo salió muy mal”, se lamenta Lucienne.

Desde su arribo, ha vivido en cinco casas distintas, todas en Estación Central. Cuando tenía siete meses de embarazo, Lucienne quedó en la calle. La joven acudió donde una amiga chilena que vendía en la feria. Le ofreció alojamiento y comida a cambio de trabajar en el puesto, labor que cumplió hasta que el 20 de diciembre del año pasado cuando nació su bebé. Lo tuvo en el Hospital San Borja, en cuya maternidad el 70% de los partos son de madres extranjeras, y las haitianas ocupan el tercer lugar: “me puse feliz”, recuerda.

Su segundo hijo era lo único bueno que le había pasado desde su arribo. Lucienne vivió con esa familia hasta que la guagua cumplió seis meses, momento en que le dijeron que ya no podían seguir ayudándola. Su red de apoyo casi no existía. Desde los 12 años que prácticamente estaba sola. Entonces acudió donde una joven haitiana que había conocido en el consultorio San José Chuchunco, de Villa Francia, donde ambas se hacían los controles médicos. Las dos habían sido madres recientemente. Ella le ofreció compartir la pieza y dividirse los gastos, 50 mil cada una. Para pagar el arriendo, inscribieron a los niños en el jardín Angelitos y se pusieron a vender Súper 8 en la feria. Allí estaba el martes 26 de septiembre, día en que las parvularias que cuidaban a su hijo la llamaron para decirle que el niño tenía fiebre.

La madre recuerda que se veía agripado, pero nada grave. Lo trató con paracetamol y con los días comenzó a mejorar. Durante esa semana no asistió a clases, pero el domingo se agravó inexplicablemente. Llegó al consultorio con vómitos y diarrea, y lo derivaron en ambulancia al Hospital San Borja. Allá le pusieron suero, sacaron sangre, y le tomaron radiografías. Se pasó toda la tarde en observación, a ratos durmiendo, pero principalmente llorando, incómodo y adolorido. En la madrugada del día siguiente lo dieron de alta. La doctora que lo atendió le diagnosticó dos enfermedades agudas: una gastroenteritis y una bronquitis no especificada. Le recetaron Domperidona, Perenteryl, Salbutamol, sales rehidratantes, y una alimentación liviana.

Lucienne salió a la una de la mañana a esperar micro para regresar a su casa, pero la locomoción no pasó. Era primera vez que no tenía cómo regresar a su hogar, ninguna red que la sacara del apuro. Se devolvió a la sala de espera y se sentó. Estuvo con su hijo en el coche hasta las seis de la mañana esperando transporte, entre pacientes que esperaban turno para ser atendidos. A esa hora, una enfermera la hizo pasar a un sector más tibio dentro del hospital, donde aguardó hasta que se fue.

De regreso en la casa, el bebé no mejoró. Lucienne no sabía si era la misma enfermedad que lo seguía atacando o se había agravado por el frío de la sala donde había pernoctado. Al medio día, volvió con él al consultorio. Iba más grave que la vez anterior. Las enfermeras trataron de reanimarlo, pero fue imposible. Falleció a los nueve meses: “No me explico cómo se puede haber muerto. Si la doctora vio que estaba con vómito y diarrea, y que no se le pasaba, no debería haberlo dado de alta”, se lamenta.

En el Servicio Metropolitano Central de Salud, del cual depende el hospital, no creen lo mismo. El doctor Eduardo Bartolomé, director (s), asegura que el menor recibió todos los cuidados que los protocolos establecen. “A los niños pequeños no hay que hospitalizarlos por cualquier motivo, porque los hospitales no están libres de riesgos. Por lo tanto es de buen criterio lo que se hizo, porque se diagnosticó una bronquitis y una diarrea sin deshidratación, que requiere un cuidado y estuvo con hidratación. Se siguieron todos los protocolos de forma adecuada”, asegura.

El director dice no saber qué sucedió después del alta médica, que en términos formales no existe ningún registro donde se dé cuenta de que ella se quedó en la sala de espera, ni que haya existido un reingreso de atención. A esa hora, asegura el médico, lo que pasa en un servicio de urgencia es que la gente atiende, “y si ella entró a una sala y no se reinscribió, pueden no haberse dado cuenta”. “Si tú vas a un banco y te quedas sentado en un rincón, y llegan las dos de la tarde y te dicen hasta luego porque el banco se va a cerrar, no puedes decirle a la persona que nadie te preguntó lo que ibas a hacer. Es decir, cuando vas a un lugar de atención siempre hay un modo de relacionarse con la gente que atiende, y ese es el modo en que las personas acceden a la relación con el sistema”, explica. (Ver entrevista completa) 

La joven muestra algunas fotos de su hijo que guarda en el celular: cuando estaba sano, cuando le pusieron la mascarilla de oxígeno, cuando estaba muerto sobre una mesa de fierro, vestido con un traje blanco, y una humita en su cuello. La misma imagen desgarradora que mandó a Haití para que su madre y el padre de la guagua se enteraran de la tragedia. “Mi hijo era mi única familia en Chile. Jugábamos todos los días, sabía decir mamá, y ahora estoy sola. Quiero irme de acá. Necesito trabajar, juntar dinero, regresar a República Dominicana a buscar a mi otro hijo, y poner un negocio para sacarlo adelante”, enumera.

A los 29 años, Lucienne quiere empezar de nuevo. Perdió a su hijo un día después que la comunidad haitiana realizara una velatón en la Plaza de Armas de Santiago en memoria de Joane Florvil, muerta esa misma semana. Al funeral asistieron cinco personas, entre ellas las tías del jardín, unas enfermeras del consultorio, y un haitiano que estaba rezando en la iglesia cuando se hizo el responso. Lo enterraron a pocos metros de la tumba de Robelca.

VISITANDO MUERTOS

Israel sostiene un frasco conservero con agua y lo acomoda a los pies de la cruz. Está en cuclillas frente al nombre de su hijo. Sumerge los tallos de unas clavelinas japonesas y las acomoda. Ese simple ramo de flores marca la diferencia entre esa sepultura y la del resto de sus compatriotas. Israel se queda por varios minutos murmurando en kreyól. “Estaba rezando y también le contaba que el próximo año iré por 15 días a Haití”, diría después.

Es la primera vez que viene a visitar a su hijo desde que lo enterraron hace ya un mes y tres días. Es víspera del Día de Muertos y hay cosas que le preocupan. Una de ellas, es qué pasará con el cuerpo cuando se cumpla el plazo temporal que le permite estar enterrado allí: “¿Van a borrar su nombre de la cruz?”, pregunta. En la isla la familia está triste. Israel muestra su celular, abre un chat de Whatsapp, y busca unos mensajes. Aparecen las fotos del sepelio: un ataúd, un ataúd abierto, un ataúd enterrado, el muerto. También, un mensaje de audio relatándole la noticia a la madre de Robelca, su exesposa. “Ella está muy afectada”, explica.

La relación entre ambos no es buena. Están separados hace muchos años, luego de que ella abandonara a Robelca cuando éste tenía siete meses. Fue Saintene, la actual pareja de Israel, la que crió al niño, y quien lo recibió el 10 de enero del año pasado, cuando llegó a Chile. “Vivía en Estación Central y trabajaba en un hospital cerca de la Estación Mapocho, haciendo aseo. En junio de 2016 le habían entregado su residencia temporal”, recuerda Israel.

A una cuadra en línea recta, por encima de tumbas y cruces, aparece Lucienne Joaneus. Al igual que Israel, es primera vez que asiste al cementerio luego del funeral. Su hijo está sepultado en el patio 149, llamado también “de párvulos”. Allí las sepulturas parecen habitaciones infantiles, repletas de juguetes y remolinos. Lucienne acomoda unas flores plásticas y dos tarros. Riega la tierra y llora desconsoladamente. Mete sus dedos en el barro, rasguñando con fuerza, buscando tal vez acariciarlo. Lo extraña en forma desgarradora.

En las semanas que sucedieron a su muerte, ella ha intentado buscar trabajo en varios lados, pero no ha conseguido. Por un lado quiere regresar a Haití, y por otro le aterra separarse del cuerpo de su hijo. Tiene las mismas dudas y temores que Israel: “¿A dónde irán los restos cuándo el plazo venza?”, pregunta. Nadie tiene la respuesta.

Lucienne se hinca frente a la sepultura y recita un monólogo: “Ahora tú estás como angelito en el cielo, como el señor Jesús. Cada día te extraño más, cuando estábamos en la cama, sonreíamos, mirábamos televisión, pero ahora no tengo a nadie más. Siempre voy a venir a visitarte. Te extraño mucho mi hermoso bebé, ¡cuánto te quería! Tú me llamabas mamá y ahora nadie me dice así. Mira dónde estás ahora mi bebé, debajo de la tierra, pasando frío. Todo el mundo te quiere mucho, tú sabes, las tías, tus amigos del jardín”, dice llorando.

The Clinic