La primera vez que tomé un vuelo tenía 12 o 13 años. Recuerdo que era un maquinón de American Airlines. Tenía filas de tres asientos a los lados y una en el medio con cuatro sillas. Como buen puertorricensis, iba con mi familia a Disney, todos por primera vez excepto mi viejo. La sensación en el aeropuerto era increíble. Algo así como de alegría, mezclada con curiosidad. Pasar por el checkpoint sabiendo que iba a montarme en un avión me pompiaba que no tienen idea.

Doce años más tarde la sensación fue otra. El pasado 2 de noviembre fui al aeropuerto con destino a Connecticut. Me dirigía a un evento donde estaría conversando sobre la situación de Puerto Rico. Tenía una idea de lo que sería el escenario una vez se abriera la puerta de entrada al Muñoz Marín. El ambiente allí era más que tenso. Se sentía, literalmente, como una funeraria donde no se sabe con quién hablar o qué decir. Era lúgubre el panorama.

Nada, fui con mi mochila camino a imprimir el boleto en una de las máquinas. Agarré los tickets y como de costumbre, los guardé como si fueran un billete de la lotería premiau’. Esa transición del despacho hacia el punto de cotejo fue durísima. Traté de no detenerme para procurar que todo andara bien. Al levantar la mirada veo un cincuentón, porte de machote boricua, conteniéndose como si fuera la represa de Guajataca. Me negaba a detenerme.

Acercándome al ‘checkpoint ’escuché al “caballero por aquí con boleto en mano”. Entré a la fila para llegar hasta uno de los simpatiquísimos oficiales que firma el boleto de avión. Me negaba a mirar las familias despidiéndose, pero bueno, no hubo de otra. Había allí una barricada de familias llorosas. Así de simple lo resumo. Pero hubo una imagen en específico que me sacó de tiempo. Había una niña, máximo nueve años, a lágrima viva despidiéndose de quienes infiero que eran su hermano y su papá. Honestamente no logro describir bien lo que sentí, pero lo sintetizo en una palabra: encabronamiento.

Pensé en la Jaresko, la Kelleher, el Pesquera y sus sueldazos. También recordé el combete de pillos que va desde Anaudi hasta Víctor Fajardo. Me vinieron a la mente los traqueteos de Carrión III y Carlos García, de WhiteFish, de las compañías de tutorías, de los sueldos de los alcaldes, de la impunidad de los politiqueros en la Isla y de muchas otras cosas. Caminando al punto de abordaje me cuestionaba muchos asuntos, pero lo peor de todo es que sabía que no tenía palabras de consuelo que aliviaran las familias que vieron como se esfumaban sus familiares una vez pasado el punto de seguridad.

1:45pm. Faltaba media hora para abordar. La mente continuaba a mil. Subo al avión y cuando estábamos para despegar escucho al muchacho frente a mí decir: “el que va pa’ allá afuera a trabajar echa pa’lante”. Acto seguido, mientras despegaba la nave, el chamaco abre la ventanilla y lanza, con un tono de orgullo y desesperanza, lo que pareció un grito de resignación: “Mano, mira la Islita”.

No se por qué pero ambas frases me hicieron caer en tiempo. La militancia independentista y de izquierda, tiene responsabilidad en esto también. A veces hasta rayamos en lo posmoderno, dando excelentes críticas y faltando a la hora de ofrecer soluciones. El pueblo pobre y trabajador, ese que mencionamos casi como una muletilla no busca otra cosa que no sea eso, “echar pa lante”. Nuestro ofrecimiento en ese departamento es vago y hasta fracasado.

No hemos tenido la capacidad de dibujar un Puerto Rico donde haya acceso a la vivienda y la salud sea gratuita. Tampoco hemos ofrecido garantías de empleo y educación para los sectores más desaventajados. No se trata de que las propuestas no existan, se trata de una crasa ineficiencia en ofrecerlas a la gente, en plantear la verdadera posibilidad de materializarlas y, sobre todo, en comunicarlas.

Creo que no lo hemos logrado porque andamos muy pendientes a puntos y comas en comunicados de prensa. También andamos cómodos predicando al convencido y pensando que con tener la razón basta. Nos hace sentir bien que tenemos mejores argumentos que los sectores retrógradas del país. De la misma forma, crea un placer excitante hablar de niveles de radicalidad, que a quien único le complacen es a quien los vocifera. Mientras ello pasa, nos pensamos la vida entera apagando fuegos, y ni siquiera nos damos cuenta de ello.

La coyuntura nos ha explotado en la cara. Quien no se haya percatado, pues que tome nota. Teniendo las condiciones materiales para poder capitalizar hacia otro Puerto Rico, quienes único han tomado partido de la situación han sido las Yulines y los Aníbales de la vida. Sucede que no hemos reconocido que no se construye proyecto de país desde las finquitas de autocomplacencia. Quien se oponga a un proyecto unitario a estas alturas del juego, simple y sencillamente no comprende la política y no tiene dos dedos de frente.

No me gustan los paralelismos lineales, pero debemos examinar cómo se han articulado los movimientos contestatarios a nivel internacional, donde la unidad ha sido un factor determinante. Pero para no irnos lejos, aquí los más “comecandela” desde Rafa Cancel, hasta Lolita, Filiberto y Oscar, nos han dicho en innumerables ocasiones que la unidad es el camino. Sí, los procesos unitarios son incómodos y contradictorios, pero sucede que así es la política, incómoda, complicada y contradictoria. Sale victorioso quien logre manejar los grises que se pasean por esas contradicciones. A fin de cuentas tenemos un país penepé y popular, y pensar que haremos otro Puerto Rico sin contar con esa masa, de seguro es pensar que la luna es de queso y que los perros se amarran con longaniza.

Somos muchos los que reconocemos que ‘hay que hacer algo’. En Trabajo Social he aprendido que vale más lo que se hace que lo que se dice. Pongamos parámetros reales y sentémonos a cocinar un proyecto descolonizador, anticapitalista y de justicia social. Dejemos los puritanismos, egos y principismos para sentirnos bien con un par de likes y dos o tres shares. Contruyamos nuestro proyecto para que la gente eche pa’lante, no para ponernos estrellitas en el resumé de lucha. Los muñequitos van cambiando y ahora no solo se nos va la vida, sino que se nos va la gente. No basta con decir quienes son los malos y quienes son los buenos, nosotros también tenemos responsabilidad por cada hermanx boricua que compra boleto de ida sin regreso. La invitación queda hecha.

Kaonselared