Para los ciudadanos de los países pobres, la migración es a menudo una opción muy atractiva. El viaje a un nuevo país es a menudo peligroso, pero promete oportunidades económicas mucho mayores: los ingresos per cápita promedio en las economías avanzadas pueden ser más de 50 veces superiores (en términos de paridad de poder adquisitivo) que los del mundo en desarrollo. En muchos casos, la seguridad física de los migrantes también mejora. Sin embargo, para los países receptores, la inmigración se mantiene como un tema polémico, respecto al cual los gobiernos se esfuerzan por establecer políticas que permitan que sus economías cosechen los beneficios de los flujos migratorios y eviten incurrir en costos excesivos debido a ello.

La inmigración es un tema particularmente sobresaliente en la arena de debate político en Europa y Estados Unidos. Incluso en Japón, que ha cerrado en gran medida sus fronteras a los migrantes, la necesidad de encontrar maneras de hacer frente al rápido envejecimiento de la población últimamente ha estimulado el debate sobre el tema.

En todos estos países, el debate tiende a reducirse a tres posiciones básicas. La primera postura – apoyada por una pequeña minoría y carente de apoyo político significativo –  es que la inmigración es fundamentalmente beneficiosa para un país avanzado, ya que los recién llegados pueden mitigar los retos demográficos y contribuir a la base de habilidades de la economía.

La segunda postura es precisamente la opuesta: la inmigración debe evitarse por todos los medios disponibles. Los proponentes de este punto de vista a menudo argumentan que los migrantes reducen los salarios, particularmente en el extremo inferior de la distribución del ingreso, socavando los estándares de vida de los nativos. También sostienen que los migrantes diluyen la cultura y las tradiciones del país receptor – una afirmación con un empuje emocional que los economistas a menudo subestiman.

La tercera postura se sitúa entre estos dos extremos. Reconoce los beneficios potenciales de algún tipo de inmigración, pero pide exámenes estrictos de las competencias de los inmigrantes, con el propósito de garantizar que sólo se aceptan a los inmigrantes que pueden cubrir un déficit de habilidades en el país receptor. De esta manera, la inmigración mejorará la calidad de la oferta en el mercado de trabajo y aumentará la competitividad de las empresas, sin generar presiones culturales.

Por supuesto, este abordaje se ve bastante diferente desde la perspectiva de los países de origen de los migrantes, que pierden no sólo valiosa mano de obra calificada, sino también cualquier recurso invertido en dicha mano de obra, como por ejemplo, las inversiones canalizadas a través del sistema educativo. Si bien un país puede beneficiarse de las remesas de sus expatriados, son los migrantes los que reciben los beneficios de la reubicación en su totalidad.

De cualquier forma, cuando los países avanzados aceptan sólo un pequeño número de migrantes calificados, no hacen nada por disminuir la presión que impulsa los flujos migratorios, que abarcan abrumadoramente a las personas que carecen de las habilidades necesarias en el nuevo país. Y, esas presiones son poderosas, como lo demuestra la trágica situación en el mar Mediterráneo, donde murieron más de mil refugiados en la traicionera ruta de África a Europa durante los primeros cuatro meses de este año.

Si se permite que estas presiones persistan, muchos migrantes llegarán en última instancia al mundo desarrollado, de una forma u otra. Y, si bien quienes piensan de manera liberal con respecto a la inmigración tienen razón en cuanto a que los migrantes ayudarán a aliviar las presiones demográficas en los países receptores, los prohibicionistas también tienen razón en cuanto a que los recién llegados causarán un considerable estrés cultural en sus nuevas comunidades, particularmente en Europa.

Esta es la razón por la cual cualquier solución al desafío de la migración debe centrarse en estimular el desarrollo en los países de origen de los migrantes. Para Europa, la atención debería centrarse en África, que es la principal fuente de flujos migratorios. Con el transcurso del tiempo, un crecimiento económico más rápido en África reduciría en gran medida la presión que enfrenta Europa. Por supuesto, el desarrollo a largo plazo de África requerirá de una mayor estabilidad política y de paz; no obstante, mientras eso se concretice, existen medidas que Europa puede tomar para ayudar a estimular el crecimiento.

Si bien África tiene abundancia de recursos naturales, carece del capital y de los conocimientos necesarios para apoyar una aceleración significativa del crecimiento. Los recursos públicos son simplemente insuficientes para suministrar la mayor parte de ese capital. Por lo tanto, como se ha reconocido últimamente, la inversión debe provenir del sector privado, al igual que las habilidades críticas y el acceso a mercados más desarrollados. Sin embargo, el aprovechamiento de la inversión privada requiere que el sector público tome algunas medidas facilitadoras, junto con el sector filantrópico, sector que también tiene importantes recursos para contribuir.

Esto no quiere decir que la inversión pública y la filantropía deberían subsidiar proyectos intrínsecamente no rentables. Por el contrario, eso dejaría a todos en peor situación a largo plazo. El objetivo debe ser identificar proyectos que, a pesar de ser económicamente rentables, no sean atractivos para los inversionistas privados, debido a las barreras institucionales y de otro tipo, y luego se debe trabajar en la eliminación de dichos obstáculos.

Una barrera clave para la inversión privada en África es el riesgo. Cuando el entorno de inversión se considera incierto, como es el caso en la mayoría de los países en desarrollo, los inversores exigen una prima de riesgo en prácticamente cualquier proyecto, incluso aquellos con tasas potencialmente altas de rendimiento. El riesgo individual del proyecto es, al fin y al cabo, muy difícil de medir en dicho contexto.

El sector público puede ayudar con medidas que mutualicen los riesgos, tales como llevar a cabo determinados tramos riesgosos de los proyectos o proveer seguros. Esta mutualización de riesgos, acompañada de la creación de instituciones en todos los sectores (y, no sólo en los sectores de salud y educación), podría contribuir en gran medida a impulsar el crecimiento económico y el desarrollo en África y en otros lugares.

El impacto positivo de este abordaje sería de largo alcance – comenzando con una reducción de la presión migratoria. El impacto sería aún mayor si las nuevas inversiones se direccionan a las zonas con mayor número de personas desplazadas y migrantes en espera, según lo propuesto por una nueva “Comisión sobre Desplazamiento Forzado”.

El crecimiento impulsado por las inversiones no es un sustituto de la resolución de conflictos y la estabilización política; por el contrario, el primero no puede sostenerse sin avances en el segundo. Sin embargo, un impulso económico podría ser una fuente importante y muy necesaria de esperanza – el comienzo de un círculo virtuoso de paz y prosperidad.

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