Adela Cortina es una de las intelectuales españolas más destacadas de la actualidad. Ganadora del Premio Nacional de Ensayo en 2014, en España, fue la primera mujer miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Su último libro, Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidos, 2017), que acaba de llegar a Chile, ha causado revuelo y con razón. Según Cortina, lo que Europa ha visto en los últimos años, tras la ola de refugiados de Medio Oriente, es una prueba de su tesis. “Lo que nos molesta”, asegura, “es la pobreza, no la inmigración”.

Usted dice que lo que existe hoy no es un rechazo a los inmigrantes sino a los pobres. ¿Por qué?

Porque lo que molesta de los inmigrantes y los refugiados es que son pobres y parece que nos complican la vida, no que vengan de fuera. Lo mismo sucede con los pobres del propio país o incluso con los parientes pobres. Rechazamos al que no tiene recursos porque vivimos del intercambio de dinero o de favores, del “hoy por ti, mañana por mí”. El pobre, el “áporos” en griego, es el que no tiene recursos, el desamparado que no puede hacernos favores.

¿Dónde se origina este rechazo a los pobres?

Se origina en el cerebro. En él tenemos un mecanismo de disociación, por el que evitamos integrar información desagradable, nos distanciamos de las cosas que nos desagradan y las ponemos entre paréntesis. Por eso tendemos a rechazar a los extraños, que nos incomodan y perturban, y a los pobres, de los que parece que no podemos esperar nada bueno y sí problemas. La buena noticia es que esto es una tendencia, pero podemos contrarrestarla cultivando otras distintas, como la compasión, la capacidad de sufrir con otros en la alegría y en la tristeza y de comprometernos con ellos.

¿Cómo surgió su reflexión sobre ese tema?

Surgió al darme cuenta de la diferencia de trato que se da a los turistas extranjeros que llegan con dinero y a los extranjeros que vienen en pateras o los mendigos sin hogar. Se habla mucho de xenofobia, de rechazo al extranjero, o de homofobia, de prevención frente al que tiene una tendencia sexual diferente, incluso de cristianofobia o de islamofobia, y es verdad que existen. Pero en todos esos casos si traen dinero o algo que parece beneficioso se les acoge sin remilgos.

El discurso antiinmigrantes de Trump, ¿también tiene ese componente anti pobres?

Por supuesto. Trump no tuvo ningún inconveniente en bailar la danza del sable con los poderosos en Arabia Saudita, porque estaba haciendo negocios con ellos, y, sin embargo, corta la entrada a los inmigrantes hispanos, quiere expulsar a los dreamers, levantar una barrera en la frontera mexicana, y demostrar a sus votantes más aporófobos que su país apuesta por los ricos y por los que quieren conquistar el sueño americano. Es lamentable que lo hayan elegido. Pero, por desgracia, no es el único en actuar así.

Pero esta aversión a los pobres no es la única razón del rechazo a los inmigrantes, hay también un componente de nacionalismo. ¿Está de acuerdo con eso?

Más bien creo que la aporofobia es una de las fuentes del nacionalismo. Los nacionalistas que defienden su país frente a otros se creen superiores a los demás, se creen más ricos y poderosos y no quieren tener que tratarse con los otros, porque les parecen inferiores. Una mirada a los países y regiones nacionalistas muestra claramente que siempre son los más ricos y por eso se permiten ser insolidarios y quieren deshacerse de los demás.

¿Cree que el creciente populismo también responde a este rechazo a los pobres?

El populismo de Marine Le Pen, el norteamericano o el de Holanda o Austria, sí, claramente. Otros “populismos” son más sutiles en esto, pero comparten el vicio de creerse superiores a los demás. Abren un abismo en el seno de sus países entre “casta” corrupta y pueblo, y se identifican con el pueblo que ellos creen que es moralmente superior. Por eso están convencidos de que deben gobernar.

El subtítulo del libro es “un desafío para la democracia”. ¿Cree que este rechazo a la pobreza en un mundo donde la inmigración es cada vez más creciente amenaza la democracia?

El rechazo al pobre es una violación de la dignidad humana en personas concretas. Y una democracia sólo funciona bien si se respeta la dignidad de todas y cada una de las personas, sea cual sea su riqueza, sus capacidades o su procedencia. La clave de cualquier democracia es que cada persona vale por sí misma, tiene dignidad y no precio.

¿Este rechazo que ve usted a los pobres es transversal a toda la sociedad y a todos los sectores políticos o prevalece más en algún grupo ideológico?

Es transversal, precisamente porque se trata de pobreza económica, pero no sólo de ella. En todos los grupos políticos hay poder y quien desea medrar se cobija a la sombra del árbol del poderoso y deja abandonado al pobre y mal situado. El mejor antídoto es la compasión, la capacidad de alegrarse y de sufrir con otros, ayudándoles a salir del sufrimiento.

Autor: Juan Paulo Iglesias

La Tercera