Han pasado 129 años desde el día en que Mons. Scalabrini, recibiendo, en la basílica de San Antonino de Piacenza, de parte de los reverendo Domenico Mantese y Giuseppe Molinari, el “compromiso solemne de dedicarse a la nueva misión y de observar el reglamento provisional”, dio inicio a nuestra familia religiosa.

                El tiempo transcurrido desde ese día ha visto un continuo alternarse de momentos de entusiasmo y situaciones críticas, de regreso a los ideales fundacionales y de eventos sufridos, a veces desmoralizantes, de ejemplos extraordinarios de heroicidad por parte de tantos co-hermanos misioneros, de clausura de posiciones históricas así como de aperturas a compromisos pastorales otrora impensables. No podemos olvidar, en el contexto histórico actual, el particular florecimiento vocacional, sobre todo en el continente asiático; fenómeno que está dando nueva vitalidad y esperanza a la iglesia entera y a nuestra Congregación, y que, justamente por los inédito desafíos que presenta y que exige un renovado empeño por parte de todos, espero de corazón que sea una promesa para nuestro campo misionero en el servicio a los migrantes.

                El futuro que se abre ante nosotros, con un mundo en el que crece cada vez más la migración de hombres y mujeres casi siempre en condiciones dramáticas, pone nuestra misión y nuestra Congregación en el corazón de los desafíos que interpelan a la misma Iglesia. La semilla plantada, casi a escondidas en 1887, por el Beato Scalabrini, ha encontrado terreno “bueno”: el pasado, robustecido por una historia construida con sacrificios, opciones, santidad de vida y hazañas por parte de numerosos misioneros scalabrinianos, constituye las “raíces”, sin las cuales nuestra existencia resultaría incomprensible y destinada a morir. El presente representa las “alas”: podremos ser aún signos creíbles, significativos, ejemplares, si en esta historia seremos capaces de alimentarnos diariamente de la fuente. Cuál fuente? En primer lugar la “verdadera fuente de la Vida”, el Señor Jesús, sin el cual “nada es posible”; después, la figura, el ejemplo, las intuiciones y el ánima del Fundador y de su carisma; y también en la historia, con frecuencia desconocida pero ejemplar, de co-hermanos que han dado la vida por el ideal scalabriniano y, finalmente, en el mismo clamor de los migrantes. Sí, el lamento de las personas arrancadas de su tierra y del afecto de sus seres queridos por causa del hambre, las guerras, las carestías, las injusticias, los cambios climáticos, las persecuciones, constituye un apelo frente al cual no es posible “voltear la mirada para el otro lado”: este clamor no puede permitir, sobre todo a nosotros scalabrinianos, un vivir indiferente y tranquilo, sin que surja en nuestro ánimo la misma pregunta que provocó el ánimo de Scalabrini: “Qué hacer para poner remedio a esa situación?”

                El futuro está en las manos del Buen Dios. Al Señor, que guía la historia en modo admirable aunque con frecuencia no comprensible a la mente humana, confiamos los proyectos que animan nuestra acción, nuestras esperanzas, nuestra buena voluntad, así como nuestras debilidades y fragilidades. Él sabrá “hacer nuevas todas las cosas” y nos sorprenderá al continuar tejiendo su designio de salvación hasta la completa unificación del universo en Cristo.

                A todos les deseo que puedan vivir este aniversario de Fundación con serenidad, en un espíritu de fraternidad y de comunión, bendecidos por el Señor y acompañados por la presencia viva y fuerte de nuestro beato Fundador.

p. Alessandro Gazzola cs

Roma, 28 noviembre 2016